martes, 16 de octubre de 2012

Taller de futbol!



El reloj marca las 13:00. Las redondas y las casacas esperan su turno, su papel protagónico de la mañana.  A mí me quedan unas cuantas cajas azules por guardar y sus integrantes por acomodar. Hay quienes ya disfrutan de sus palcos preferenciales al ras del piso para ver a los actores lo más cerca posible, sin importar que haya que sacar a los grandulones que poco tienen que hacer en el patio. Pero me queda un consuelo; abrir la ventana y mirarlos de reojo, mientras los manuales siguen aguardando que un obsesivo los acomode. El director de orquesta transforma su varita en un silbato de dos dedos y su nº 5 dominical en buzo de DT. La única limitación es la edad, la única obligación es el amor por la redonda.
La parte aburrida en la que trotan y hacen ejercicios por suerte es cosa antigua y los manuales ya se fueron a dormir, así que me permiten salir a disfrutar del buen futbol que solo regala sonrisas, sin antes pasar por el último de los escollos, el “pasa bien pegadito a la pared taller de patín”. Los actores se dividen en 2, por un lado los celestes, por el otro los colorados, menospreciando posiciones dentro de la cancha y menos que menos el número que llevan grabado en la espalda. El único individuo loco, desquiciado que deja de correr es el que le toca cuidar los 2 palos (en ninguno de los arcos hay travesaños porque los goles no tienen límite de altura acá), que nunca deja de saltar o gritarle a sus compañeros. Y quienes ven el espectáculo de afuera festejan y critican todo; un gol, una falta, un despeje de esos que pegan en los árboles y se sigue jugando, un penal, una buena tapada, abuchean las faltas y piden alguna que otra figurita de color al árbitro que hace oído sordo y ojo ciego a los reclamos populares.
Y más allá del colorado o el azul, o el número que los diferencia, o si son de 3º grado o de 7º, hay una sola cosa que los hace a todos iguales, que toda madre estaría orgullosa de ver a sus hijos jugar en primera juntos, esa consecución de letras que forman “la escuelita”, y sin darse por aludidos los convierte en “los hermanos escuelita”. Los sábados de una a dos ellos juegan en primera.

Agustin Dobaran

 

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